Yo... Trucha Marrón

Un excelente relato en primera persona, a modo de ensayo. Su autor es Rodrigo Saelzer, un pescador con mosca de trayectoria del país trasandino.


Los primeros rayos de sol, filtrados por densas nubes de neblina, penetran oblicuos en el agua, delimitando los contornos de mi pozón favorito. Troncos entrelazados, hundidos a lo largo del gran bloque de agua, apenas tocan la pared de tierra contenida por raíces de sedientos tineos y tepúes. Algunos segmentos verticales de la muralla están cubiertos por una mullida capa de musgo. Saturado de agua y vida. Durante días cálidos, puedo estar durante horas mirando a través de la ventana de agua cristalina; suspendida por el movimiento alternado de mis aletas pectorales, sin derrochar un ápice de energía.

Espero la eclosión de insectos que la temperatura hace intuir. Lentamente, las larvas comienzan su viaje desde el fondo del río hacia el sol. La mayoría emerge cerca de mi escondite, un codo con una suave corriente circular, sombreado por una rama de coihue. Mi río no tiene gran cantidad de insectos, pero los que hay son grandes y proteicos, incluso para mi talla.

De pronto, mi visión se llena de buen alimento, emergiendo frente a mí en secuencias pequeñas pero constantes. No necesito dar golpes de aleta para atraparlos, basta con abrir mi boca y succionar. Muchos insectos llegan a la superficie, tratando de romper la tensión de la ultima capa. Mientras luchan por llegar al sol que seca sus torpes alas, veo como veloces brillos plata los atrapan frenéticamente, para volver raudos a aguas poco profundas. Saben que estoy aquí. La luz es fuerte y veo los brillos del musgo a mi lado. Como recortados sobre el fondo verde brillante, algunos insectos que han escapado trepan por la pared. Lentamente, me acerco y compruebo que están a mi alcance. Mi aleta caudal me impulsa lo suficiente para que parte de mi cabeza salga del agua. Muerdo el musgo con cuidado, pero al volver al agua, solo siento briznas verdes enredadas en mis dientes. No me alimento sobre la superficie con frecuencia, y no calculo las distancias con total exactitud. Lo que he comido hasta ahora me permite repetir mi intento. La recompensa es algo más duro y jugoso que mi comida habitual. Creo que emite un sonido fuerte y vino de la tierra. A veces, lo escucho por las noches, cuando descanso sobre el fondo de piedra y arena.

La cantidad de insectos es mínima, ahora. Percibo un cambio en la corriente y el agua ha variado, de alguna forma. Es la marea que baja. Tiene un claro efecto en el río. Y sé cómo usarlo en mi favor. En condiciones normales, nado hacia la boca del río, siguiendo el bloque de agua salada que se retrae. He aprendido a soportar esa agua densa. Si la bebo, mi cuerpo se mantiene fuerte. La comida cerca del mar es abundante. Sin ella, no consigo dominar mi territorio río arriba. Siempre encuentro nuevos ocupantes a mi regreso, y necesito fuerza para expulsarlos.



Hoy es un día diferente, los sensores sobre mis líneas laterales indican un cambio en el clima. Tengo una buena reserva de energía para un par de días. No me muevo de aquí. Durante la oscuridad, las nubes se movieron rápido, hasta cubrirlo todo. Otro río cayó sobre el mío. Pasa con frecuencia. Las piedras pequeñas del fondo comienzan a rodar y el color del agua se oscurece. En pocas horas, todo el musgo de la pared esta sumergido, y la fuerza del agua crece a cada momento. Decido nadar corriente abajo, para buscar calma y alimento en la pequeña bahía cerca del final del río. Con el movimiento de mis aletas corrijo mi posición, mientras la corriente me impulsa ferozmente.


Pronto, me encuentro en la boca del río. Mucho alimento duro cubre las rocas y los troncos. Entre ellos, puedo ver espacios de agua poco profundos. Desvío mi curso para descansar, y al acercarme al remanso, freno con fuerza. Está repleto de peces de mar, alargados y brillantes, nadando en grupo. Cubro mi silueta con la sombra de un tronco, y cargo con un movimiento explosivo, cuidando de no perder escamas contra el fondo cubierto por afiladas conchas. El grupo de peces se abre hacia los lados, saltando fuera del agua para ganar velocidad. Sigo al grupo más grande, y mi lomo rompe la superficie. Abro mi boca y succiono al máximo. Carne blanda se retuerce en el extremo de mi mandíbula. Trago y vuelvo a atacar. El cardumen logra alcanzar aguas aun más bajas usando pequeños canales. Ya no puedo alcanzarlos. El mayor volumen de carne se siente bien y decido descansar.

El agua del cielo hace mas fácil nadar en la bahía. Ya no hay tanta salinidad, y las grandes aguas del río se perciben como suaves ondas. Raíces sumergidas frente a mí son un buen lugar de descanso. Mientras trago los restos de carne y escamas, emigro hacia la orilla. De pronto, siento un extraño golpe de agua en movimiento. Trato de llegar a las raíces, pero una presión insoportable me impide nadar, necesito oxígeno. Al abrir mi boca, siento un hilo de sangre que sale por mis agallas. Algo me sacude con fuerza. Entre burbujas, veo un animal extraño. Un animal de tierra, pero con aletas. Otros lo rodean. El más grande se acerca con rapidez, y golpea con su enorme cabeza al que me tiene en su boca. Por un segundo, estoy libre. Entre mis escamas, nado hacia el agua oscura del fondo, y me escondo bajo una roca. Mi cuerpo está tenso, pero puedo notar el terrible daño. Es difícil mantener mi posición normal. Mi cuerpo se va hacia un lado. Me acerco más hacia la parte más estrecha de la roca, para descansar mientras las paredes sujetan mi cuerpo. A esta profundidad, la sal es un buen problema. Cuando recupere algo de fuerza debo salir de aquí.

Han pasado dos horas. No hay sangre en mis agallas. Necesito volver al río y que el agua dulce lave mi cuerpo. Percibo un cambio en el agua; es la marea que empieza a subir. Al salir de entre las rocas siento un dolor nuevo e intenso. Pero dejo que mi olfato me guíe hacia el agua dulce. La presencia del agua fresca permite respirar mejor. No tengo energía para remontar aguas hasta mi territorio, pero puedo ver pequeñas islas de tierra blanda cubiertas por plantas simples. Bajo el agua, forman recodos que ofrecen protección frente a la fuerte corriente. No cae agua del cielo. Mi río debe bajar pronto.

Mientras me acerco a la isla de barro, un grupo de grandes peces color plata nada ordenadamente río arriba. Los vi en años anteriores. No estaban en el río cuando yo era joven. Me sorprende que no me ataquen al verme débil. Creo que están aquí con otro fin. En mi refugio, la corriente no existe, y el oxígeno es bueno. Estoy aquí hace días. No puedo comer, pero mi cuerpo recupera algo de su rigidez. El frío de los últimos días ayuda a pasar el tiempo, concentrado solo en mi respiración.

Es otra mañana, después de varias lunas. Ocasionalmente, suelo tragar insectos que derivan hacia mi boca, pero sólo sirven para no morir. No estoy a salvo en este lugar. Es bajo, y percibo sombras que pasan sobre mi. Uso mi última reserva de energía para volver a mi territorio. En el camino, encuentro caracoles adheridos al fondo y logro tragar los más pequeños. Al sentir las aguas de mi lugar de siempre, mis músculos se activan. Gano profundidad y avanzo entre los troncos. Siento algunos cambios. El más claro, es que peces pequeños se han instalado en el medio del pozón.

Aún con el cuerpo adolorido, quiero mi territorio. Mi agresividad se manifiesta conuna fuerza inesperada. Entro en las aguas medias como el verdadero dueño, y con furia, muerdo a una arcoiris que come desprevenida. Los demás peces huyen río arriba, mientras trago mi presa rápidamente. El ataque del animal grande me enseñó algo. Soy un mejor depredador ahora.



Autor: Rodrigo Saelzer de Rios y Senderos.

Fotos: Paco "Maravillas"y Joaquin de Rios, Truchas y Pesca con Mosca .


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