Las truchas del Vallecito de la Manzanillas.

Pescando en el Arroyo Pircas.


En el arroyo vive un  duende puro. Tiene magia de  montaña. Tiene  seres invisibles que susurran su mantra de agua. El Pircas, es un arroyo mágico, perfecto y sano.



Quizás sea su pequeñez. Su sencilla existencia. Tal vez, las tranqueras infames... lo cuiden. 

Tal vez, nos entregue el mensaje más bello de mundo. Con sus pequeñas truchas, desprovistas para toda fálica exhibición, nos demuestran que la belleza... puede ser pequeña y sencilla, puede ser sutil.

En un manto de verdes secos, sopla el viento del Valle de las Manzanillas. Los perfumes del té... inundan los sentidos entre flores blancas y amarillas de la manzanilla madura.





Llegamos ese día, entre truenos y relámpagos cercanos, que amenazaban con dejarnos con las ganas de mojar las plumas. Cruzamos caminos estrechos, con nuestra nueva compañera de aventuras, una 2.0 doble tracción. Arroyos crecidos y túneles de cortaderas, y así... a paso de hombre, llegar al último puesto del camino. 

Aquí... nos esperaba un gran hombre. Criado en el campo, entre historias de pumas, chanchos salvajes y vacas cuatrereadas. Nuestro anfitrión, tenia la sabiduría del ser elemental. Tenía la simpleza del campo. El instinto del pez. Totalmente absorbido por la naturaleza.  Era el hombre del arroyo.


Entre chapones y paleríos, armamos un pequeño vivac, donde compartiríamos horas mas tarde, el pan amasado y horneado con  leña de monte, vino noble Malbeck y un vacío ancho de tinte tierno.

Pero sin darnos cuenta, el ritual de las varas, comenzaba. Así, con las cañas # 1,  armadas sobre el techo de la camioneta, comentábamos con Jeff, las bondades entomológicas del lugar. Decenas de gusanos , masartas,  tricópteras, terrestres langostas, arañas y hormigas.

Jeff, un gran amigo de las tierras de Teton Village, Wyoming, estaba encantado por el arroyo... por el entorno. Cada rincón lo plasmaba en su cámara. Resaltaba la similitud con algunos arroyos de Montana, en las tierras del norte.


El hombre del arroyo, mientras... nos abría las tranqueras del arroyo arriba. Destacando la escasa pesca que había tenido en estos días, con sus lombrices de tierra.

Nos pusimos en marcha, Nicolás, Jeff y yo, con el propósito de pescar  aguas arriba, unas dos horas. Paso a paso, nos turnábamos los sectores. Los primeros metros dieron a nuestras varas, una decena de capturas pequeñas. Arco Iris  de no mas de doscientos gramos, que tomaban vorazmente las Cooper Johns en alambre # 22.  Los lanzamientos up stream, era altamente eficaces, pero se detonaba mayormente el ataque, cuando la mosca, emergía de la deriva abajo.

Usamos también la Soft Hackle, emergiendo arroyo abajo con una gran tasa de ataques velosísimos. La Tellico tradicional... hacia estragos en las Fontinallis, trabajándola en mosca casi colgada. Las Grass Hooper Parachutes  algunos pozones amplios, era atacada violentamente.



En un instante en el ascenso, descubro un lies. Evidentemente, este era el sitio donde una grande estaría. Lanzo en el pozón superior para que la mosca descienda naturalmente. La Cooper Johns, desciende y apenas cae en el lies... es tomada por una furia Fontinallis que estremece mi caña. Inmediatamente, toma el arroyo abajo y se esconde en una raíz sumergida.  Incontables intentos por distraerla, aflojarla y voltearla, me demandaron más de diez minutos de tirones y corridas cortas. Logro verla enredada entre el enramado. Me aventuro en el pozo para lograr zafarla. Meto el brazo en el frío manto del arroyo y tomo su cola robusta. Nunca llegue a cerrar mi índice pulgar. Cuando la presión de mi mano... la motiva a un espasmo liberador. Una Fontinallis enorme, había tomado mi mosca. Debería pesar unos 1.500 gramos de pura astucia. Los que quedaron como vencedores finales, ante mis más de once mil... de solo carne. 



Jeff y Nicolás, contemplaban mis manos vacías y mi cara de desazón y felicidad, combinadas en escasos segundos. Solo había podido verla y tocarla bajo el agua. Mi boca abierta, estaba cerrando este acto.


Motivados, por el suceso, caminamos arroyo arriba buscando más, de estas grandes. Cada pozon era bueno, cada oportunidad era válida. Pero solo obteníamos veloces ataques de decenas de Arco Iris de no mas de 300 gramos. Algunas... logramos pinchar.


Los  tamaños... sustancialmente aumentaban  cuando subíamos. Hacia abajo, decenas de truchitas con aun las marcas juveniles, tomaban nuestras emergentes.




La hora del retorno, la marcaba la inconfundible mirada de los amigos. Era la hora indicada para un mate caliente y reparador. Al llegar a la base... a unos cuantos metros arroyo arriba, nuestro amable anfitrión humeaba una enorme y tiznada pava con agua de arroyo. El elixir resultante, intentaría comparar a los vinos del almuerzo.  Es indescriptible, darse cuenta de cual es el sabor verdadero del agua. 




Las varas desensambladas, limpias y guardadas como Stradivaruis divinos, daban lugar a la sección obligada de historias del día. Así... el mensaje de la noche, nos pintaba las montañas de azul violeta, nos soplaba la cara de perfumes fríos, de aire húmedo. El chillido seco de la tranquera, cerraba la jornada. El coro ronco del pedregullo de la huella, nos decía... hasta siempre. END


Autor: Jorge Aguilar Rech.
Edición: Jorge Aguilar Rech.
Fotografía: Nicolás Aguilar/Jeff Davies.
Video: Nicolás Aguilar.
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