Arroyo El Tigre.

Desde tiempos inmemoriales, suena la voz de Aguara. Voz que guaraní tupi, se refiere al Aguara Guazu,  un cánido del tamaño similar a un zorro grande de crines negras y largas patas, que habitaba por el siglo XV, en estas tierras.  Encuentros de ancestrales Diaguitas y poderosos Incas. Las historias que se pierden en el tiempo y se entremezclan de recuerdos.


El Tigre, perfecto arroyo recostado  en la inmensa pampa. Pampa que como volcada desde la montaña se extiende hacia el este. El desierto se lastima con su canto de agua. Y lo llena de vida.


Su escenario geográfico, despliega manso... pero inalterable repertorios de pumas, choiques o suris, guanacos, esplendidos cóndores y caranchos. Millares de zorros, lagartos y una gran abundancia de pájaros de trino. Millares de insectos terrestres entre escarabajos negros, llamados por los lugareños, cucarachos.  Ahí, el río se acobija y despereza,  entre cortaderas, vegas y rocas, acunando truchas perfectas entre sus aguas diáfanas.


Un lugar de centenarias historias de hombres y mujeres del siglo pasado. Tan cercanos que me parece tocarlos en mis fotos en banco y negro, tan lejanos que se van borrando al paso del tiempo.

Fue un día claro, cuando llegamos a la Pampa del Tigre. El aire puro pasaba lijero en mis pulmones, dejando atrás los murmullos y sonidos del pueblo de Uspallata. Desde aquí, Míster D, seria nuestro guía. Experto con mas de un puñado de cumbres al Aconcagua, le sobraban piernas, le sobraban recuerdos y pulmones.  Desde ahí, marcaría su avatar no autorizado, de el Guanaco Man.


Desde la vena de tierra y polvo, nos adentramos a la pampa, unas horas. Las camionetas fueron nuestras mulitas de hierro, las que nos dejaron en el planchón de La Terminal. A pura mecánica, equipo y muñeca, sorteaban mansas los desmadres del agua en la huella.


Ya mas cercanos, el arroyo, se veía perfecto, Su caudal y temperatura. La que media unos 11º C. Estructurado y de una velocidad exacta para resaltar su identidad irreverente de arroyo andino

Entre sus aguas sinceras,  acobija las truchas perfectas y salvajes que hemos buscado. Confundiéndose entre los oscuros y ocres del fondo, decenas de peces huían, al acercarnos al borde en la mañana temprana. Nos habíamos arrimado ahí, solo con la intención de observar su estructura, entomología, su claridad... y  nos encontramos con un cardumen de truchas. Muy motivados, levantamos algunas piedras y descubrimos el secreto a voces... sus efemeras y tricopteras eran el motivo principal de la convocatoria de tanto pez.


Retornamos a nuestro vehículo, para armar prepararnos. Varas, lineas, moscas, abrigo y algunos menajes, serian parte del repertorio de la jornada.  Minutos mas tarde, emprendíamos el ascenso por el arroyo, buscando los líes soñados.

Empezaron a apareces a los metros recorridos, paisajes únicos, perfectos e irrepetibles. Turnándonos , nos acercábamos al arroyo, para presentar nuestras moscas.


Opte por atar al fino tippet fluoro 7x, una Pheasant Tail con ribbet rojo.  El ataque fue inmediato y voraz. Una esplendida Arco Iris, detonaba en lucha con mi vara de bambú. La cual no podía disimular su alma de pasto full flex. Cuatrocientos gramos de fuerza muscular estaban entre mis manos. Liberada al vientre del agua minutos mas tarde.


La belleza de este animal, era destacable. Sus pintas fuertes, manifestaban un pleno arraigo al arroyo y una gran sanidad. Sus ojos translucían sus manchas de raza. Colores furiosos de rosas y grises.

Seguimos caminando y el altímetro marcaba unos 3.200 m.s.n.m, cuando Sergio se posiciona en un perfecto lies. Ahí hay trucha... expresamos. Así fue el presagio. Lanzamiento perfecto y profundiza su Hare Ear, cuando una Arco Iris de 500 gramos, luchaba con su resistencia mecánica. Vara arqueada, linea y tippet tenso,resistían a la batalla del pez. Segundos vitales la tomaba en sus manos, y retornaba al pozon.



Todo el ambiente de nuestro grupo, era festivo. Condiciones perfectas de temperatura, presión atmosférica y viento nos alentaban a seguir subiendo sin descanso.

De pronto, pasábamos por un páramo en extremo particular. Varios guanacos muertos determinaban el comedero de una familia de pumas. Restos de carne malograda y cueros roídos, daban cuenta de la fiel y cruda realidad de la naturaleza. En ese momento, me percato que mis cortos trancos y mi contextura, me posicionaban al ultimo de la fila. Cometiendo un neto acto de sincericidio, confieso... acelere el paso porque sin dudas era el mejor bocado para los felinos. 


Mis pasos acelerados, mermaron para observar a Wana, presentar su engaño en un pequeño pocket del arroyo. La trucha salia a comer. La veía. En impulsos esporádicos, salia de la seguridad de un oscuro pozon, para tomar arriba un emergente. Cambiando la mosca, ata una Caddis para tentarla. Siliconada, es presentada corriente arriba. 


Baja... lenta y libremente. Cae a deriva natural y la trucha se acerca. No la toma. Segundo lanzamiento y la misma acción y en este instante, suavemente la boca abierta del pez engulle artificio.  Un macho territorial, había sido tentado.  Su incipiente mandíbula inferior adelantada, denotaba su condición y edad. Esta trucha superaba los tres años.


Sus escamas volvieron al verde oscuro y profundo del pozon.

Sin pensarlo, en instantes... una tropilla de guanacos nos miraba desde cerca. Un macho desterrado seguramente, nos hacia guardia mientras avanzábamos hacia el curso superior. Notoriamente, el aire se ponía raro, con menos oxigeno. Opuestamente las truchas eran mas grandes, combativas y perfectas.


Me adelantaba unos metros. El aire notoriamente se hacia mas puro y extraño en mis pulmones citadinos, entraba casi lastimando de pureza. La altura se sentía, en mis músculos. Y cada piedra que subía o bajaba, era planeada y calculada. El esfuerzo era pensado y racionalizado. 

La providencia me regalaba otro sagrado lies. Un sitio perfecto, donde mi instinto y las voces interiores basadas en centenares de días de pesca, me susurraban secretos de truchas. Me acerco con el mayor de mis sigilos, y me agazapo. Logro ver su perfecta silueta danzando en la corredera. Desengancho mi mosca y verifico estado del 7x de fluorocarbon. Tenso la vara en un estudiado lanzamiento de arco invertido, creado por el maestro nórdico Henrick Mortensen. 



Y  ahí va... mi minúscula pluma. Parece acompañarla música. Perfecta, liviana, delicada y letal. Pheasant Tail de cabeza dorada con deriva natural... como desprendida accidentalmente del clasto, la veo bajando libre por la corriente. Dirección ideal a la vista de mi trucha. Ella responde y la engulle convencida, cuando mi vara se alza en clavada contundente. Saltos y corridas, me demostraban su enojo, su irreverente enfado con la situación. Minutos de pelea, la dejarían encallada en un arenal suave, y desde ahí... a su mundo nuevamente. Quien sabe, que pensara de este mal trago para ella, y satisfacción mía.

Con el alma repleta de imágenes de cada una de nuestras truchas, con el músculo cansado pero vivo, bajábamos el río para retornar a casa. En una hora, volveríamos a visualizar la camioneta lejana. Estaba ahí, mansa, en  la verde tundra. Pasiva, era devorada lentamente por las sombras de la tarde. El perfume de los tomillos, nos acompañaba la marcha crujiente de los guijarros y como hierba chamanica,  la llevaríamos en cada poro durante varios días, añorando en cada uno de ellos... volver. END

Autor: Jorge Aguilar Rech
Edición: Jorge Aguilar Rech
Fotografía: Pablo Aguilar Rech para PeixAR Filmmakers.
Logística: Nicolás Aguilar Rech y Benjamín Aguilar Rech.
Agradecimientos: Daniel Pizarro, Sur Outfitters, Altos Andes viajes y Turismo e Irigoyen Fly Shop Nube.(SIMMS market) Protagonistas: Guillermo Pisi (Wana), Daniel Pizarro, Sebastian Dalton Martinez, Sergio Navarro, Pablo Aguilar Rech y Jorge Aguilar Rech
BROWN TROUT ARGENTINA
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1 comentario:

ESTEBTI dijo...

Jorge,que buena nota,y que lindo pescar en ríos chicos,un abrazo
Esteban