La Matancilla. El valle perfecto.

Pescando en el Arroyo El Perdido.



Llegar a este páramo, es algo contundentemente especial. Llegar a él... por huellas; apenas marcadas, entre arenales y cantos rodados gigantes. Exigir al detalle la muñeca outdoor, esquivando filos y matorras.  vadearlo entre guijarros flojos, desafiando al equilibrio.  Solo para estar ahí... donde nace el Tordillo Niño. Niño de agua, que se forma en el maridaje del Arroyo Quesero y Arroyo El Perdido.

El Perdido... padre que le da herencia de agua y de frutos a su hijo noble, el Tordillo. Y desciende, formando infinidad de pozones,  rifles y líes. Donde las supremas truchas andinas, esperan nuestros engaños emplumados.

Escudriñamos, entre ellos y las Arco Iris nos tomaban las ninfas... voraces. Pero no se prendían. Sorprendentemente, las primeras piedras hervían de Efémeras y Plecópteras. Racimos de Tricópteras anticipaban la vendimia de truchas... que costaría llegar en cantidad... pero la calidad sería el presagio. 

Tras esto, comencé atando en mi 7x fluoro carbón una Pheasant Tail en alambre # 18. Decenas de tomadas, no me daban capturas. revisé varias veces, la aguja de mi anzuelo, creyendo que podría estar roto.  

Mientras metros mas abajo  Diego, era sorprendido, mientras su Matuka en anzuelo # 6, color amarilla ocre, se prendía en la boca de una Arco Iris de un kilo  y doscientos gramos.


La turbidez de arroyo era ínfima. Apenas lechoso. Pero lo suficiente para que nuestras ninfas, pasaran inadvertidas. A estas alturas, comprendíamos que las truchas tomaban a irritación. Y excluyentemente colores claros.

Así montamos la iniciativa de trabajar con una Bitch Creeck amarilla en # 10. Esperábamos el atardecer de la hora de la oración. Rogándole a esa trucha, que tomara mi mosca.  Las luces caían en la tarde rosada cunado la vara en mi puño se activa. La adrenalina explota el impulso innato de levantar las manos. Quizás...  festejando por anticipado. Prendiendo una brava Arco Iris de un kilo doscientos que peleo varios minutos corriente abajo. Llevándome hacia abajo ,  acompañado por el ronquido agudo de mi Kayuga 1 Gold.


A mis manos, siguió la devolución y en agradecimiento a este bello ejemplar, cuyos labios se perfilaban como macho.

La noche me intimaba a regresar, y a guardarme en el cobijo de la luz artificial de la noche, brindada por el auto.  Los amigos dispersos en el arroyo, nos juntábamos al anochecer... rebalsando historias de nuestras bocas. Entre risas y murmullos. Historias de truchas andinas, truchas fuertes, nobles, sabias y esquivas.  De amarguras, y piques violentos, de enormes que nunca salieron. Truchas difíciles, que nos premian con sus escamas selectas. END




Autor: Jorge Aguilar Rech.
Edición: Jorge Aguilar Rech
Fotografía: Nicolás Aguilar/Jorge Aguilar Rech.
BROWN TROUT ARGENTINA
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